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Esta mañana estuve leyendo un historia de la Biblia que me hizo reflexionar bastante. Se trata de uno de los relatos en los que cuenta cómo era la vida del pueblo israelita poco tiempo luego de haber salido de Egipto dirigidos por Dios y Moisés. Según el relato, Dios los había sacado de un país en el que eran esclavos y mediante intervenciones sobrenaturales salieron de allí incluso con más posesiones de las que tenían. Dios los estaba dirigiendo a una tierra que les había prometido a sus antepasados, pero mientras tanto ellos se encontraban en medio de un desierto en el que no había mucha comida a disposición por lo que cada día Dios les daba milagrosamente un alimento llamado maná que tenía todo el alimento que ellos necesitaban.

Hasta allí todo bien, pero un día resulta que algunos de ellos no conformes con la dieta estipulada decidieron quejarse y pedir carne. Y la expresión que utilizaron para expresar su queja fue:

¡Ojalá tuviéramos carne para comer! ¡Cómo nos viene a la memoria el pescado que comíamos de balde en Egipto! Y también comíamos pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos. Pero ahora nos estamos muriendo de hambre y no se ve otra cosa que maná. – Números 10:4-6 DHH

Resulta que en poco tiempo olvidaron la vida de esclavos y no solo eso, sino que además lo pintaban como una vida de abundancia y prosperidad.

¿Cual fue el resultado? Moisés llevó el caso a Dios y él les dio lo que pidieron: montañas de codornices. Pero aunque tuvieron lo que pidieron evidentemente no fue lo mejor para ellos, de hecho el relato cuenta que murió mucha gente, tal vez de una indigestión. El autor del relato dice que como resultado «enterraron a los que solo pensaban en comer«.

Todo esto me lleva a pensar en mi actitud respecto a lo que Dios me da cada día y a preguntarme en qué estoy pensando. Me lleva a replantearme mis prioridades en la vida y en ver qué es lo que le pido a Dios. Personalmente creo que Dios ve la actitud del corazón del que le pide, y algunas veces como buen padre dice «sí» y otras veces dice «no». Pero, dado el ejemplo del relato, puede que en alguna oportunidad diga un «sí» a una petición insolente y desagradecida como la de los personajes de la historia con sus consecuencias. Personalmente me propongo ser más reflexivo respecto a lo que le pida a Dios.

¿Y tú que opinas?

-Néstor

Imagen: szeke (CC)